¿El Pueblo dónde está?

El neoliberalismo y sus dispositivos jurídicos y culturales (el cine, los medios de comunicación, los mercados, la moda, etc.) han consolidado la auto percepción individualizante de los sujetos en las sociedades posmodernas. Esto ha reforzado la tendencia hacia la configuración de sociedades fracturadas. Habitamos tiempos de heterogeneidad radical, donde pareciera que en un mismo barrio pueden convivir realidades múltiples y -a los fines prácticos- paralelas.

Más allá de ese segmento altamente politizado, que ronda el 10% o el 15% de la población, los individuos cada vez menos se sienten “parte del pueblo” o de la clase trabajadora. Incluso los sentimientos de pertenencia religiosa y nacional-patriótica han tendido a debilitarse en las últimas décadas, sobre todo entre los más jóvenes.[1]

Esto ha dado lugar a la conformación de múltiples segmentos y tribus de individuos/consumidores, donde los elementos culturalmente aglutinantes pueden ser de lo más variados: desde grupos de skaters, hasta colectivos preocupados por las plazas y parques, pasando por equipos de fútbol, comunidades conformadas en torno a videojuegos que transcurren en realidades virtuales, blogs de recetas de cocina, asociaciones de personas amantes de las mascotas, grupos de Facebook de poesías en formato haiku y un largo etcétera.

Agrupar esta multiplicidad de sectores bajo la categoría “pueblo” o “clase trabajadora” representa una perspectiva loable. Pero en la realidad concreta, el conflicto político no se configura por sí mismo entre “trabajodores” y “explotadores”, o entre “pueblo” y “oligarquía”. Organizar lo heterogéneo y construir un pueblo, en tanto actor que interviene a través de su movilización en el proceso político, representa una articulación hegemónica siempre compleja, inestable y contingente.

En este sentido, el sociólogo Jorge Lago plantea “¿Qué tienen en común un trabajador de Burger King con 22 años y un título en Biología, el que se ha tenido que ir a Alemania para trabajar o una española parada (desocupada) de 50 años sin estudios? Podríamos decir desde un punto de vista materialista que son todos clase obrera, pero eso no constituye nada en absoluto. No hay nada necesariamente idéntico en sus demandas, necesidades y vivencias, salvo que se articule políticamente como una demanda transversal o equivalente a cada uno de ellos y eso nunca está dado. Eso se construye a través de una articulación política, una cadena de equivalencias y también de la denominación de un enemigo común que tampoco está nunca definido a priori.”

Vivimos tiempos de crisis, de abundantes y crecientes demandas populares insatisfechas. Pero la historia enseña que esto no conduce necesariamente a la solidaridad entre las mismas, ni a la conformación de un nuevo bloque histórico ni una voluntad colectiva alternativa. En este contexto, encontrar y construir los símbolos, significantes y liderazgos que permitan articular referencias e identificaciones populares amplias y masivas, representa una tarea de primer orden para quienes luchan por el cambio social.

 

[1] Vale matizar que la patria y las religiones siguen siendo factores de aglutinamiento simbólico e identificación colectiva muy potentes. De hecho podemos observar un resurgimiento del nacionalismo en España, EEUU y otros puntos del globo. Aún así, tras décadas de hegemonía neoliberal en occidente, podemos afirmar que la desafección, el nihilismo y la antipolítica han erosionado la potencia de las mismas.

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