El mundo y los valientes

Llegué a Madrid hace 2 semanas. Fue el quinto o sexto día cuando fui inesperado asistente de este episodio de gran interés analítico y conceptual. Había estado todo el día caminando y ya eran las 23:30 aproximadamente, pero no tenía sueño. Ganándole de mano a ese viejo y conocido enemigo que es el insomnio, y también aprovechando que mis clases en la maestría aún no habían comenzado, decidí entrar a un bar a despejarme un poco y tomar un gin-tonic en la barra antes de volver al hostel a dormir.

El bar era de esos modernosos sin sillas, con mucho ruido y musicalizado a todo volumen por Avicii, David Guetta y otros tránfugas. Parecido al palermitano y poco recomendable Chupitos de la calle Gorriti, pero situado a una cuadra de Sol en pleno centro madrileño.

Había sido un hermoso día de verano que me encontró recorriendo el Retiro, un parque alucinante ubicado en el centro de la ciudad. Yo estaba de muy buen ánimo, aunque un poco cansado y sin ganas de hacer ningún esfuerzo comunicativo para interactuar con nadie. La gente un poco verborrágica como yo suele poner demasiada energía cuando charla con otra y esta vez no tenía ganas de andar regalando palabras por ahí, así que me ubiqué en una zona estratégica de la barra que me daba comodidad y una visual panorámica del lugar.

Al lado mío, dejando un prudencial espacio entre ambos, se ubicaron dos mujeres que a juzgar por su apariencia podrían haber sido indúes. Una de ellas era muy bella, diría hermosa, parecida a Manjula, la novia de Apu Nahasapeemapetilon. Pisaban los 30 años como mucho y hablaban con moderación gestual y discreción mientras tomaban un trago.

Mi gin-tonic alcanzaba para cubrir con lo justo los 4 rolitos de hielo que tenía el vaso largo, adornado por 2 gajos de limón. Es decir que estaba por la mitad y sabía muy bien. En ese momento aparecieron en escena los protagonistas de esta historia.

Eran 2 hombres de entre 40 y 45 años, bastante feos los dos. Uno podría haber sido el hermano menor de Rodríguez Larreta, era un pelado con un rubio canoso en los costados y unas cejas no recomendables. El otro tenía unos abundantes rulos rebeldes, zapatillas deportivas Nike y un buzo atado a la cintura. Después de sacar dos tragos de la barra el pelado levantó la cabeza para analizar el lugar. Como si fuera Xavi o Iniesta, o quizás Terminator, después un rapidísimo searching encaró cual Chapulín Romario en el 94´ hacia donde estaban estas dos mujeres.

No tardé en advertir que esta inefable dupla tenían mi mismo pasaporte: “Sho, argentino” escuché decir a uno (por supuesto, porteños). El personaje de rulos, seguramente extraído de una publicidad de Quilmes, no tardó más de un instante en secundar a su socio y empezó a charlar muy agraciadamente con la amiga de la novia de Apu.

Desde mi punto de vista las pibas estaban un poco reticentes en un comienzo a darle cabida mis compatriotas, pero con el correr del tiempo los hermanos macana ya habían conquistado varias risas y se había consolidado una dinámica conversacional.

Los primeros 5 minutos fueron los más críticos. Si bien no podía escuchar el contenido del chamullo, era evidente por las caras de las chicas y por el despliegue de ademanes y entusiasmo de los muchachos que era un partido bravo. Pero cual retador que sobrevive a los primeros 5 rounds frente al campeón, sin mostrar cortes en los párpados, e intuyendo cierta paridad en las tarjetas, la dupla argenta se afianzó en el campo de juego y empezó a manejar los tiempos y ritmos con mayor aplomo y jerarquía.

La situación me resultaba muy entretenida. Tanto que en un momento solté una risa detectada a lo lejos por Manjula, mientras los decididos hombres seguían remando la situación, optimizando cada uno de los recursos que la vida les brindó. Imagino historias inverosímiles, chistes de toda índole y quizás algo del herramental del anti héroe – gracioso que se puso de moda en los últimos años.

En general no me caen nada bien los tipos que la van de anti héroe (exceptuando a Woody Allen desde ya), que bromean acerca de sus propios defectos y fracasos, pero bueno, no sería justa la impugnación procedimental en este caso. Las finales hay que ganarlas.

Si les pudiera mostrar una foto de la escena y organizar una timba, les garantizo que al menos 90 de 100 apostarían en contra de estos trabajadores del amor. La disparidad estética y etaria era notable, enfatizada por el contexto de bar más tirando a pendejero.

Yo terminé mi trago y me fui. Ellos ganaron. No sé si esa noche. No sé si con la novia de Apu y su amiga. Pero yo estoy seguro que ganaron porque una vez mi abuelo me dijo unas palabras que nunca voy a olvidar, mientras merendábamos en un bar frente a la plaza Urquiza en Tucumán. Ya en silla de ruedas y quemando los últimos cartuchos, intentando transmitirme sus mejores lecciones me contó una historia y me dijo a modo de conclusión: “Ignacito, el mundo está hecho para los valientes”.

Y créanme que estos lo eran…

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